Severiano Gil

Melilla, España
Escritor e historiador. Nacido en Villa Nador (Marruecos) en 1955. Se traslada con su familia a Melilla a mediados de los sesenta, aunque no deja de estar en contacto con el entorno marroquí, en especial con la que fuera región oriental del antiguo Protectorado.

jueves, 6 de febrero de 2014



Morir informando

Severiano Gil 2003

Pudiera ser que no exista mayor felicidad que morir haciendo lo que uno ha elegido y le gusta; aunque probablemente en los planes de Julio no figuraba quedar destrozado por un misil iraquí, una mañana de abril, en plena batalla de Bagdad. Tal vez por eso no pretendo que estas líneas sean de condolencia, sino de aclaración y justa admiración.

Julio Anguita Parrado, que llevaba 10 años en el periódico El Mundo; vivía en Estados Unidos –New York— y había padecido, en directo, la catástrofe del once de septiembre de 2002, tenía un claro concepto del orden internacional y, sobre todo, del débito del resto de los países respecto a los Estados Unidos en concepto de seguridad y liderazgo de la cultura occidental.

En sus propias palabras, <>

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No le faltaba razón, igual que cuando afirmaba admirar sin ambages la cohesión del pueblo estadounidense, curado, o liberado, de los falsos sentimientos de vergüenza o ridículo, que tanto afectaban a los europeos, de sentirse identificados con los símbolos de su propia nación –bandera, identidad, política exterior, etc.

En consecuencia, a Europa podría vérsela como el sistema del quiero y no puedo, debatiéndose siempre entre una maraña de buenos deseos mezclados con eufemismos imposibles de aplicar en acciones determinadas. De ahí que en Kósovo no pudo solucionarse nada hasta que llegaron los Estados Unidos e impusieron un mínimo orden. De ahí, también, que los europeos opten por establecer sus propias posturas unilaterales, sacando la misma tajada con la que se acusa a los norteamericanos, pero de un modo encubierto y, por supuesto, más rentable. Se podría hablar de Francia y su interminable campaña militar en África Occidental –donde no le duelen prendas de bombardear a destajo para imponer sus intereses, claro que, en ese caso, la prensa no refleja la realidad de las cifras de víctimas colaterales.

Experto e incisivo informador, Julio A. Parrado, como gustaba de identificarse, intuía que la grandeza de una colectividad radica en la asunción plena de la realidad de sí misma, sin modestias, falsas o reales, sin grietas en su morfología exterior –aunque interiormente permita las diferencias nacidas de la práctica de la democracia.

Por supuesto que, en nuestra dinámica asumida de cuestionar todos y cada uno de los principios generales de la moral occidental, la primera crítica que aparece en boca –y en la pluma— de los principales opinadores que se definen de un modo u otro con respecto a la guerra es que, Estados Unidos, siempre saca beneficio de esta, al parecer, postura altruista, como si alguna otra nación
actuase guiada de intereses distintos a no lastrar su economía y a sus contribuyentes.

Tampoco le falta razón a la novia del periodista muerto cuando aludía a la especie de mentalización flotante de la sociedad española, una mentalización que, más que a libertad, huele a sacristía y a armario viejo alcanforado.

En esta España en primavera, se ha acabado el culto al equilibrio, la observancia de la legitimidad, la presunción de inocencia y el ejercicio de la libertad de pensamiento; ahora, sólo está bien visto el no a la guerra; y si alguien se identifica con la postura del gobierno será objeto de la censura de los demócratas, y no digamos si se le ocurre quejarse de la violencia de los pacifistas o la intransigencia de los progresistas.

Seguramente que, cuando se enarbole la muerte de Julio por parte de intereses varios, acabaremos por desvirtuar sus opiniones o, como poco, callaremos lo que no sea socialmente correcto, dados los vientos que soplan. Por eso el que esto escribe no quería dejar pasar la ocasión de hacer un justo homenaje a su memoria y a su línea de opinión, aunque me tachen de lo que no soy.

Porque hoy, a primeros de abril de 2003, más vale que digamos –y escribamos— lo que los violentos amantes de la libertad desean.


Múdese, hombre

Severiano Gil 2004

No voy a citar nombres, pero el otro día me entretuve en leer un suplemento dominical –no era el de El Faro, lo siento— en el que figuraban los deseos y sueños de medio centenar de famosos con vistas al recién estrenado año; y había de todo, aunque pude advertir ciertas coincidencias que me llamaron la atención, por ejemplo un inusitado interés por dirigir la filarmónica de Viena en conjunción con el Orfeón Donostiarra, así como una extraña fijación por perderse en el mar a bordo de un velero de recreo –algunos con toda la familia incluida.

Y yo me pregunto, ¿saben acaso lo que comporta emplear unas vacaciones navegando sin rumbo sobre un velero? –algunos insistían en que fuese de madera (¿por ecología quizá?)—. ¿Han pensado en las largas horas de aburrimiento en una zona encalmada, en los vaivenes de un ligero y travieso magoncete, en la escora permanente a que te obliga el rumbo y el viento relativo? Seguramente que no, pero, bueno, cada cual es muy suyo de idealizar lo que le venga en gana y, puestos a soñar, pues se puede uno inventar una mar constantemente en calma para un barco que no existe más que en nuestra imaginación.

Pero lo que sí me llamó la atención fue la opinión –que no deseo— de un anciano preclaro, arquitecto por más señas y con sus noventa añitos ya cumplidos, que se dolía de un mundo que caminaba hacia el desastre; mejor dicho, que ya había llegado a la abyección más absoluta.

Se quejaba el buen e inteligente hombre de la jungla de asfalto en que se había convertido Madrid, en cómo el hombre –y la mujer, supongo— se había rendido a ser un preso del hormigón –y lo dice él, que ha comido de eso durante toda su vida—, viviendo en medio de una urbe deshumanizada, cautivo del estrés, sufridor de la polución y doliente del torbellino en que se ha convertido la vida actual. Tan negro lo pintaba que casi daban ganas de asentir cuando el nonagenario afirmaba que lo único que deseaba para el 2004 era morirse, pues ya había visto bastante y, en su opinión, nada tenía arreglo.

Digna postura y respetable deseo; pero, inmediatamente, traté de ver reflejadas en mí mismo aquellas temibles afirmaciones, aquella ordalía de presuntos males que inundaban nuestro entorno y volvían este mundo en irrespirable e invivible…, y me di cuenta de que me faltaban casi todas.

Caí entonces en que había una circunstancia primordial que nos hacía diferente a él y a mí, y no me refiero a la edad, sino al lugar en donde vivimos.

Es cierto que Melilla tiene un exceso de cemento…, bueno, o de argamasa que une ladrillos y demás; el tráfico puede ser desesperante durante dos o tres horas como máximo, y repartidas a lo largo del día; que la polución… Ahí empecé a notar la falta de elementos de los que quejarme y que igualaran mi punto de vista con el del autor del deseo neoanual.

Porque resulta que, si es verdad que alguien acostumbrado al campo puede echar de menos zonas verdes en esta ciudad, no menos cierto es que, apenas te sitúes –te posiciones se dice ahora— en un lugar adecuado, el mar te abre las puertas del alma hacia el infinito, el cielo consigue que creas que el azul es el color de los dioses y la calma de muchos rincones te recuerda que, incluso en horas punta, el melillense tiene tiempo para el sosiego, para el encuentro, la conversación o el paseo sin rumbo.

Estas cosas me producen un cosquilleo interno que acaba por empujarme,
siempre, a sentarme frente al teclado y contárselo a ustedes, porque nunca es suficiente ponderar o simplemente medir las percepciones del entorno que compartimos. ¡Es tan fácil criticar y dolerse, echar de menos aquello que pensamos que es bueno y deseable…!

Nos olvidamos, con frecuencia, de alabar el presente que nos faculta a ser como somos, y se da la circunstancia de que, por fortuna, Melilla es uno de esos rincones –al parecer bastante raros— en el que todavía, para hacer bastantes cosas, se puede elegir entre encadenarse a un automóvil o dejarlo aparcado y caminar. La misma extensión reducida de la ciudad –de lo que solemos quejarnos— propicia estar en varios sitios a la vez durante una breve tarde de invierno, e incluso concederte media hora para, después de desayunar en una cafetería a media mañana, hacer una ronda para comprobar que el Mediterráneo sigue humedeciendo la parte no sólida de nuestro paseo marítimo.

No sé si saltar de alegría, si hablar con Turismo para decirle que le escriba a ese buen señor arquitecto para decirle que no sólo en Madrid vive el hombre o, simplemente, recomendarle a tan preeminente pesimista que se mude a vivir aquí.

Hágame caso, señor; que para morirse siempre hay tiempo, y antes de que se cumpla su deseo de fallecer en este 2004, venga a vernos, pruebe nuestras tapas, viva nuestro ambiente y, si encarta, compre El Faro y lea estas líneas que, a lo mejor, le hacen cambiar de opinión.


El pasado y el futuro

Severiano Gil 2004

Tengo una amiga –casualmente, la directora de este medio-- que vive, justito, junto a la casa en la que pasé mi adolescencia, el antiguo número siete de la, entonces, calle del teniente coronel Seguí, ahora, avenida de la Democracia. Y la otra tarde, después de un vano intento de arreglar una persiana recalcitrante, me concedí unos minutos, y un cigarrillo, en el balcón que tanto me recuerda a aquellos años pasados, con la urdimbre del parque Hernández incitando a la calma, el rumor lejano de la vida ciudadana, que alienta todavía después de la puesta de sol y, abajo, el tráfico que, a esa hora, parece apresurado por encontrar el destino final del día, pululando cada coche cual escarabajo sin patas en busca de su guarida.

Me gusta practicar esta pequeña terapia de reconciliación con el pasado que fue. Y sirve, ya lo creo que sirve, para, sintiéndote el de entonces, hacer ese viaje imposible al futuro que los años te permiten hacer. Me dejo tener trece años de nuevo, y siento esa cosquilla que precede al sueño hecho realidad cuando veo mi automóvil actual aparcado en mi calle de entonces. Hago memoria con facilidad –pues me siento el de aquel ayer—, y el parque ayuda, y los árboles de la calle, y puedo decirme a mí mismo que estoy satisfecho con el futuro que le espera a ese adolescente asomado al balcón de la vieja casa sobre la nueva calle.

Aunque el cielo es el mismo, el perfil de la ciudad ha cambiado con sus nuevas torres de edificios y enormes focos de luz donde antes había oscuridad…

Recordé que, entonces, yo solía ilusionar a mis hermanos pequeños cuando les señalaba hacia el Oeste, donde unos árboles cercanos a zoco El-Had asemejaban perfectamente una caravana que avanzara por la parte alta de las colinas; y, aunque esa caravana estaba allí durante todo el año, ellos sólo la veían a partir de que, a primeros de diciembre, yo les llamara la atención sobre ella, disparando sus ansias al explicarles que era la caravana de los Reyes Magos, que se iba aproximando a Melilla. Luego, después del magno acontecimiento de enero, yo seguía vigilando la reata de camellos ficticia durante el resto del tiempo, incorporándolas a mi paisaje y cerciorándome de que seguían ahí, preparados, para el año siguiente incorporarlos a la ilusión de los peques.

Pues bien, la otra tarde miré y miré, y no pude ver los árboles que me permitieron crear aquel sueño; los tapa un nuevo y espigado edificio en Duquesa de la Victoria donde, curiosamente, vive uno de mis hermanos; y el detalle me hizo ver hasta qué punto ha cambiado todo que incluso ha desaparecido el regalo sin precio de una antigua ilusión.

Pero no, no crean que ahora viene dolerse del pretérito perdido, de tanto bueno pasado o de que antes todo era mejor; no, ni mucho menos. Lo mismo que me llena de satisfacción mi presente actual –pues es el futuro del chaval que miraba cada tarde desde su balcón—, creo que los cambios habidos desde aquel entonces han sido para bien. Cierto es que la ciudad ya no es la misma, pero faltaría a la verdad si dijera que no ha mejorado, si negara que el tiempo transcurrido nos ha hecho prosperar, crecer en todos los sentidos y convertirnos en algo en lo que nunca antes hubiéramos podido sospechar, especialmente en aquellos primeros años Setenta de realidades inciertas.

Somos una ciudad autónoma, hemos rebasado los setenta mil habitantes, disfrutamos de un nivel de vida superior a la media española y, aunque todavía hay mucho de lo que quejarse,
prueben los veteranos a imaginar lo que sería de nosotros ahora si esta ciudad fuera la de entonces, ¿recuerdan?: playas interiores tan inexistentes que era necesario salir a Marruecos, barcos viejos para viajar, aviones menudos, escasos y lentos, viviendas obsoletas, sueldos que sólo daban para ir al cine una vez a la semana –algunos a gallinero—, guateques en casas particulares porque no había un maldito local donde tomarse una copa –los hubo, pero duraron poco—, autobuses supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, hospital de la Cruz Roja, Casa de Socorro y otros edificios públicos que más parecían aseos empotrados en lugares recónditos –recuerden si no la antigua Comisaría de Policía.

De acuerdo en que era una Melilla para añorar; pero yo, si me lo permiten, me quedo con la presente, con sus defectos y, también, con sus muchas virtudes…, y aunque ya no se pueda ver, desde mi vieja casa, la sugerente caravana que tanto ilusionó a mis hermanos y a mí.


A quien no te pegue

Severiano Gil 2004

Seguramente que los que pertenezcan a mi generación recuerdan aquel jueguito tonto y, tal vez por eso, muy divertido del pégale a quien no te pegue, en medio de las reglas del cual podías soltar sopapos a diestro y siniestro en la tranquila certeza de que nadie te los podía devolver.

Pues bien, también me resulta curioso el empleo de un juego parecido que podemos ver casi a diario en los medios de comunicación, y me refiero al empecinamiento de algunos sectores de opinión sobre las condenas a las actitudes de otros. En realidad, no son las propias actitudes de condena lo que me llaman la atención, sino el objetivo de éstas y las acciones que las suscitan, por ejemplo:

La plataforma tal o cual condena la actitud beligerante de los Estados Unidos frente a Irak.

Bien.

Lo hace, además, basándose en un concepto de paz y democracia que parece apoyar la legitimidad de la propuesta.

Pero:

Por la misma ley, por esa misma defensa de la paz y la democracia, esa plataforma debería hacer una lista de actitudes que tampoco son acordes con tan elevados conceptos.

Ejemplo:

El terrorismo en general –hay que apuntar que, aunque no parece que se tenga en cuenta, el terrorismo es también una actitud contra la paz y la democracia—, y más concretamente ETA, Hamás, los chechenos, etc.

¿O es que la democracia y la observancia de la paz sólo es exigible a ciertos elementos que están obligados a su observancia?

Más bien parece destilarse otra conclusión de este razonamiento anterior.

A saber:

Que esos llamamientos a la paz, apelando a conceptos y actitudes democráticos, sólo tienen validez o un cierto viso de efectividad cuando se dirigen a organismos, instituciones o Estados razonables, estables, sensatos y, como mínimo, coherentes con el poder que pueden poner en juego.

¿A quién va a ocurrírsele que ETA, por poner un ejemplo, atienda cualquier requisitoria antibelicista? ¿Quién puede imaginar que el terrorismo palestino vaya a atender los insistentes llamamientos a la paz y a la no violencia?

Conclusiones:

Los llamamientos y las exigencias de pacifismo sólo pueden ir dirigidas hacia los menos belicistas, contra los que se sabe que no van a emprender ninguna acción de represalia sobre quienes les exigen detener sus actitudes violentas.

Porque, ¿qué pasaría si una delegación española viajara a la franja de Gaza y se manifestara en pro de la paz en Oriente Medio?

Dejo la respuesta a lo que ustedes quieran imaginar.

Propuesta:

¿Y si, en lugar de tanto pedir verbalmente –bla, bla, bla...— al único que puede escuchar, se movieran realmente esas plataformas en el sentido de buscar la manera de detener la violencia? ¿Y si realmente los que creen en la paz se plantaran con firmeza entre ambos contendientes y les impidieran continuar con el derramamiento de sangre?

Está establecido por la Historia que este tipo de actitudes sólo puede desarrollarse en un ambiente de democracia y de respeto por los derechos humanos, es decir, que una manifestación por la paz sólo puede llevarse a cabo frente a Estados que respeten a las personas, y no sirven de nada frente a quienes, como respuesta, van a utilizar seguramente sus ametralladoras.

¿Tal vez por eso sólo se protesta ante quien no va a devolver al palo?

Seguramente.

Cada vez que una voz –o un clamor de ellas— se eleva para protestar contra esas actitudes beligerantes, lo va hacer ante la mano que no pega, ante quienes, antes que nada, van a respetar a los que protestan.

Consecuencia:

Cada vez que oímos una de estas quejas, sabemos que van dirigidas, precisamente, hacia quienes tienen menos que ver en una actitud de enfrentamiento violento, los que permiten que la democracia perviva: le gritamos al menos peligroso, con la nefasta consecuencia de que, para la mayor parte de la opinión pública, pudiera parecer que los únicos acreedores de las protestas, los únicos que observan una actitud censurable, son, precisamente, los que se dejan censurar.

Recomendación:

Deberían rectificar o, al menos, reorientar su línea de protestas aquéllos que, ante todo, expresan su deseo de defender –y parece que así es— los elevados objetivos de paz, justicia y democracia.


¿Por qué motivo?

Severiano Gil 2005

Este fin de semana ha saltado la noticia de que, además de los miles de muertos que produce el hambre, la carretera, las enfermedades y los desastres naturales, también ha muerto una periodista afgana.

La chica, que podría seguir llamándose Shaina Rezayee si alguien no le hubiera descerrajado un tiro en la cabeza, era una periodista de Tolo TV, una productora de variedades que, además, presentaba un programa.

Como es natural, acompañando la noticia incluyeron imágenes de la chica, linda de veinte y algunos años, vestida con un chándal y tocada su cabeza con un velo que, sin estropearle su aspecto atractivo, servía de reminiscencia cultural para indicar –a los que quisieran entenderlo— que su dueña respetaba los símbolos y pasaba por pagar el impuesto estético de incorporarlo a su atuendo personal.

Alguien así podría ser considerado en nuestra civilización como de un comportamiento exquisito, puesto que de símbolos se trata –supongo que es eso y no una intentona de negar la existencia de cabello en las cabezas femeninas—, y la inclusión del elemento en sí, en una persona poco dada al parecer a usar prendas de cabeza, no tenía otro sentido más que mostrar ante las cámaras el respeto debido a otras formas de pensar que, en su país, son mayoría.

Sin embargo, la noticia y el productor ejecutivo de Tolo TV insisten en que, últimamente, Shaina había recibido muchas quejas por su comportamiento poco islámico, sin que en Occidente sepamos a qué se refieren con esa calificación, claro.

Lo que me intriga enormemente es el por qué de esa muerte, por qué la han extirpado para siempre de los platós, las calles y el mundo, ¿por mujer, por periodista o por poco islámica?

Cualquiera de las tres preguntas obtendría una respuesta nada comprensible, es cierto, pero podría ayudarnos a dormir más tranquilos si llegáramos a la conclusión de que, en realidad, a Shaina la han asesinado para robarle el móvil, por ejemplo.

Pero no, y los tres motivos antes esgrimidos se convierten en una sospecha tenebrosa que nos deja inquietos, molestos y propensos a renegar de la especie humana.

Y confieso que, desde que me enteré de la noticia, he estado aguardando con impaciencia los comunicados de cualquier asociación feminista, de alguna plataforma de gentes de la información o de algún representante de la confesión islámica, condenando cada cual la vil acción de atentar contra una vida por cualquiera de los motivos antes reseñados.

Y sigo esperando, por si acaso a alguien se le ocurriera la feliz idea de inventar en su honor un lazo solidario teñido del color de la intolerancia que, dicho sea de paso, no sé cual es.

Así que, cuando barajen datos sobre víctimas del pasado fin de semana, recuerden que, con los millones de hambrientos, enfermos y automovilistas, también se fue una chica, cuya memoria todavía se estará preguntando por qué la han borrado de la faz de la Tierra.


La ilusión de crear

Severiano Gil 2004

Apenas he regresado de las vacaciones y, lo primero en que pensaba cuando aguardaba dos horas en la cola para conseguir la tarjeta de embarque, era en escribir un artículo como éste que están leyendo ahora.

Hay tema para rato, desde el calor de este pasado julio por tierras extremeñas o andaluzas, hasta la impactante imagen de un puerto de Almería atestado de emigrantes acampados a la espera de que alguien les pusiera al otro lado del mar. Sin embargo, me detuve demasiado tiempo en una pregunta que surgió, poderosa y contundente, ¿por qué escribir? ¿Por qué esa necesidad de sentarse frente al teclado y dejar que la máquina te ayude a construir frases que, luego, ustedes leerán en este diario?

Le he dado vueltas durante dos días –no constantemente, claro--, hasta que un libro de Savater me ayudó a dar con algo que podría considerar una respuesta aceptable: me gusta escribir porque es una de las pocas formas de crear algo tangible y real con mis propias manos.

Ahí creo que radica el meollo del asunto y, además, me lleva a analizar las connotaciones más amplias que rodean al problema. Porque, ¿se han dado cuenta de qué pocas cosas hacemos, en el sentido literal del verbo "hacer"? La mayoría de nosotros, la inmensa mayoría de quienes trabajamos a diario para producir algo, no alcanzamos a ver el resultado de nuestro esfuerzo, porque éste se convierte en ideas, gestos, cálculos..., nada tangible al fin y al cabo; nos esforzamos para dar forma a cosas informes, inmateriales, irreales según qué punto de vista.

Antaño, el artesano se volcaba en su faena para acabar admirando el resultado de sus desvelos: una pieza de alfarería, un buen par de zapatos, una herramienta, una joya, un arma... Hoy, hacemos informes, calculamos proyectos, contabilizamos finanzas, realizamos estudios y acumulamos papel relleno de símbolos que significan cosas, o bien gastamos la vida vendiendo y comprando, promocionando, informando a los demás o curándoles de sus dolencias espirituales y somáticas..., humo al fin y al cabo, por más que el resultado sea necesario, conveniente o satisfactorio.

Existen privilegiados, no obstante: arquitectos que ven crecer los edificios que han soñado, restauradores que confeccionan platos espectaculares o modelistas que reproducen cosas con paciencia infinita, por no hablar de quienes viven del arte de reproducir escenas o imágenes en forma de pintura o fotografía. Pero estarán conmigo en que el diseñador tiene poco que ver en la realización "física" de su obra, impensable sin la colaboración de cientos de otros obreros; el cocinero no podría crear algo más efímero que una receta gastronómica; el artista acaba por vender su obra –o comercializar, como se dice ahora-- y el modelista, por regla general, guarda sus logros en vitrinas de casa hasta que, en una mudanza...

Ni siquiera la obra más importante, que es crear vida, tiene una relación directa entre el gesto, el acto en sí, y el resultado de lo creado, ya que un niño tarda mucho en alcanzar a ser el resultado definitivo del arduo trabajo de criar y educar.

En cambio, estas líneas que he ido acumulando frente a la pantalla de mi ordenador sí es –o puede parecer— algo tangible y real, hecho por mí mismo con el único concurso de mi mente, mis manos y la ayuda de una maquinita medio tonta que obedece cuando quiere. En cuanto acabe, podré leer el texto que he diseñado, pulirlo y abrillantarlo si procede y, mañana o pasado, todo esto tendrá la forma física de algo tan efímero como el número del diario, pero que, sin embargo, permanecerá en la hemeroteca y en la memoria de mi ordenador como el resultado de un esfuerzo que, ahora que lo pienso, me cuesta mucho evitar.

Alguien dijo que escribimos para saber que no estamos solos; yo diría que, en mi caso, escribo para poder sentirme a solas conmigo y, de paso, realizar algo que es el producto de mi más inviolable intimidad.

Puede matar…

Severiano Gil 2003

Ya lo han visto, lo dicen en casi todos los paquetes de tabaco: "Fumar puede matar", y es cierto que provoca cáncer de pulmón, enfisema, hipertensión, parada cardíaca y no sé cuántas lindezas más que no tienen otro objetivo que mandarnos al otro barrio, algo que, de momento, casi ninguno quiere experimentar a no ser que alguna agencia se responsabilice de la bondad de la experiencia.

Y no es que yo esté en contra de estos letreritos —¿se han fijado en el bordecito negro que los hace parecer una esquela mortuoria?—; me parece saludable y honrado que se advierta a los ciudadanos y consumidores del peligro potencial que encierra el consumo de substancias tan peligrosas; pero, tendrán que estar de acuerdo conmigo en que, además del tabaco…, ¡buf!, ni me atrevo a enumerar todo lo que, comprado legalmente y consumido con asiduidad, puede matarnos.

De todas formas, hay otra cuestión que, seguramente, los jueces tendrán que plantearse; porque, vamos a ver, si fumar puede matar –con tanta seguridad que el Estado se atreve a inscribirlo millones de veces en los envases—, el que fuma a sabiendas no deja de ser un suicida; con retardo, dilación o indolencia, pero suicida al fin y al cabo, y, si no me equivoco –ruego a los entendidos me aclaren si estoy en un error—, el intento de suicidio y la complicidad en el asunto están penados por la ley, porque, si no, no entiendo que esté prohibida la eutanasia.

¿Qué pasa entonces? ¿Los fumadores somos suicidas, y los estanqueros encubridores? ¿Dónde queda la figura obediente del buen hijo que baja a comprarle el tabaco al padre?

¡Nada, todos reos de uno de los peores delitos!

O no me irán a decir que sólo se considera suicidio la propia aplicación de una muerte rápida, violenta o sorpresiva; porque, si no, ¿cómo llamar reo de eutanasia al que solicita le administren algo con lo que dejar de sufrir los zarpazos de una cruel enfermedad.

Pensémoslo bien, y veremos que apenas hay diferencias, sólo que los fumadores desean suicidarse de una forma agradable, cotidiana, familiar –un poco sucia, es cierto— y lenta, tan lenta que hay quien se tira toda su puñetera vida fumando y, al final, se muere de angustia al ir apagándose en esos aparcamientos de ancianos que llamamos residencias de la tercera edad.

Claro que puede matar fumar, por supuesto; pero también le puede a uno arrancar la vida la dosis –pequeña o grande— de alcohol alojado en la sangre de un conductor normal y corriente que ha cedido al impulso de beberse un par de copas el fin de semana –era una bellísima persona, un hombre (o una mujer, no me malinterpreten) normal, muy cariñoso con sus hijos, un buen vecino y un esposo ejemplar…

Pero, ¡ah, fatalidad! Se encontró con una botella en la que no se advertía nada, y mucho menos que beber puede matar…, a otros, y, claro, como el humano es imbécil, pues el buen hombre fue probando de aquello –nunca se le vio con una copa de más, incluso puede que no hubiera bebido nunca—, y le gustó; sintió una euforia agradable pero engañosa; decidió volverse a casa para contárselo a su mujer y, a mitad de camino, aquella chica y su cochecito de bebé se le cruzaron en el camino…
¡Y todo por no ponerle una etiqueta al whisky para que los tontos se alerten y sepan lo que hay!

A lo mejor, resulta que los fumadores acabamos siendo juzgados por ignorar los avisos, o por fumar a sabiendas, como suicidas, en tanto que los pobres bebedores –habituales o no—, como no se les ha avisado, podrán seguir haciendo uso de su santa voluntad, ponerse, como vulgarmente se dice, hasta el culo y seguir llevándose por delante sus propias vidas, las de los que les acompañan y las de los que el destino cruce en su trayectoria poco estable.

Y eso por no referirme a otros aspectos de la vida en los que el alcohol, y cualquier otra droga, merma la capacidad de separar el bien del mal –algo que, ni sobrios, tenemos suficientemente claro—, y si no que se lo pregunten a las víctimas de malos tratos, bastantes de las cuales han podido olfatear el aliento avinagrado mientras su agresor, atiborrado de cualquier cosa, daba rienda suelta a sus peores instintos.

Pero, claro, no debemos olvidar que, en la mayoría de los casos, la ingesta de alcohol es una circunstancia atenuante.

Fumar puede matar; beber, a la larga o a la corta, acaba matando a otros.

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